Sentado en la mesa la cocina, miro de reojo el vapor que emana de una taza de café preparado sin ningún esmero. Sentado en esta mesa de cocina pienso en las cocinas de mi vida. Oscuras y grandes o chicas y luminosas. Esta es grande relativamente y luminosa a mi antojo. Las que mejor recuerdo son las de baldosa antigua, aquella que jamás se calentaba, que mantenia ese frío que a través de los pies calaba hondo. En esas cocinas he tomado demasiadas tazas de té, de café, vasos de leche, tragos de jugo en polvo preparado por la escasa economía familiar de otros tiernos años. En aquellas cocinas leí mis primeros libros importantes, esos que tomé a escondidas de la bliblioteca de mis padres, esos que en el colegio jamás me hubieran recomendado. En la oscuridad de una cocina de más de 70 años, de techo alto, de paredes grasientas leí mis primeros poemas, la primera y poca rebeldía que logré tener. Leí, por ejemplo, poemas tristes, de bruma, de pueblos olvidados que nacen junto a la estación del tren, todos ellos de Jorge Tellier. Leí a su vez novelas de Salgari, historietas de selva y paraísos lejanos.
En la cocina de mis casas se contaban secretos, tener la pieza de servicio me mantuvo informado de las peores tragedias, esas que jamás debi escuchar cuando unos pocos libros debieran haber sido necesarios.